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Itatí Carrique "Certezas en medio de la incertidumbre"

Periodista en Radio Cadena Máxima 106.7

Mamá de Tiago y Agustín

Convertirme en mamá me ha dado alegrías, miedos, felicidades, sustos, enojos y un sin fin de emociones y sentimientos, muchas veces encontrados. Me ha dado dos grandes amores, de esos de verdad, los que duran para siempre, y también me ha dado dos grandes certezas.

Una de esas certezas, apareció el día que tuve por primera vez en brazos a mi primer hijo. A pesar de que ya pasaron 11 años, todavía recuerdo con una claridad abrumadora, lo que sentí cuando acurruqué a Tiago contra mi pecho. Mientras lo miraba, no podía dejar de hacerlo,  lo veía tan chiquito, tan mío, tan indefenso, sentí por primera vez en la vida que a partir de ese momento yo era vulnerable para siempre, que ese ser me volvía la persona más vulnerable del mundo porque si algo le pasaba, mi vida y mi mundo nunca más volverían a ser los mismos. Cuando nació Agustín, tres años después, esa sensación de vulnerabilidad se multiplicó por dos. La felicidad era doble, pero el riesgo también. Convivir con esa sensación no es fácil, a veces saberse tan frágil pesa mucho, los miedos dominan y a uno le gustaría poder guardar a los hijos en una cajita de cristal donde nada les pueda pasar y todo sea felicidad. La buena noticia es que se aprende a convivir y a surfear esos estados y que, con más o menos dificultades, terminamos dejando que nuestros niños vuelen fuera del nido para buscar sus propios rumbos.

La segunda certeza apareció hace poco. En el permanente replanteo de la educación que les doy a mis hijos, en el repensar cada cosa que hago, cada ejemplo que les doy, cada cosa que les digo y en la evaluación de mis propias actitudes, tuve la certeza de que mi mayor desafío en esta vida estaba puesto en la educación y las herramientas que pudiera darles para que sean hombres de bien.

Entendí que lo que de verdad importaba no estaba en ser la mejor profesional de todas, ser buena periodista, hacer radio o escribir bien. Entendí que lo más importante que iba a hacer en mi vida, lo más trascendente, era educar a mis hijos para que ellos lograsen convertirse en seres plenos e íntegros, capaces de enfrentar el mundo con alegría y conectados con sus propias emociones.

Entre esas dos certezas me acuna la maternidad a diario. Por un lado sabiéndome vulnerable, aceptando esa realidad y repitiendo como un mantra la conocida frase “tus hijos no son tus hijos, son hijos de la vida”; y por el otro desafiándome permanentemente en la educación de mis hijos con el único objetivo de que el día de mañana puedan ser felices y aportar al mundo su granito de arena desde la honradez y la alegría.

 







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